DIÓCESIS DE MATAMOROS
ASOCIACIÓN DE MUJERES CATÓLICAS
Hacia una visión de la vocación femenina en la familia,
en la Iglesia y en la sociedad
La visión de la Asociación es una mujer llena de la gracia, transformada y
transformadora de sí misma, de su familia, de su comunidad, del mundo. Ella, como
María, con su apertura al Espíritu Santo colabora para hacer diferente la historia.

Ella es la mujer que madruga, se experimenta amada por Dios, lo contempla en la
oración y se pregunta en qué transformará el mundo durante el nuevo día y cómo en
su propia persona dejará a Dios ser Dios, es decir, amor, verdad, comprensión,
compasión, camino, salud, alegría, consuelo, fortaleza, etc. Como María, encarna a
Dios en su ser femenino, en su personalidad femenina y desde ella se propone
buscar el Rostro del Señor.

Es una mujer de fe y de comunión. Cree firmemente en su vocación bautismal a la
santidad. Promueve a su familia, su comunidad y la sociedad para sean centros de
comunión y participación solidaria y subsidiaria, en un clima de justicia y paz. Cree y
procura la unidad, condición para la credibilidad de los discípulos del Señor. Ora por
el Obispo, los sacerdotes, consagrados y consagradas, valorando su vocación y
entrega al Señor y colabora con ellos para la renovación de la vida eclesial. Sabe y
quiere trabajar con las instituciones de la Iglesia y sus iniciativas, con los demás
grupos, movimientos y asociaciones eclesiales no cerrándose a vivir también un sano
ecumenismo.

Es una mujer que ama, ora, une, se prepara, educa y va transformando la realidad en
que vive. Ve en cada ser humano un pensamiento de Dios, un latido del corazón de
Dios. Se esfuerza por descubrir en él la huella de Dios y la dignidad que brota de ello,
para que así, llena de fe, descubra y sirva a Cristo presente en sus hermanos, sobre
todo en los más débiles y necesitados.

Unida a otras mujeres crea y participa corresponsablemente en esta Asociación
Católica de Mujeres, capaz de cambiar, con la fuerza de la gracia y del dinamismo de
la Nueva Evangelización, la forma en que la persona, la familia y el mundo viven y
funcionan. Como asociada se preocupa por enriquecer a la Asociación con su
esfuerzo personal de fidelidad en la búsqueda, la disponibilidad, la coherencia y la
constancia.

No sólo está comprometida sino que le gusta hacer lo que hace, inspirada en Dios   
crece comprometiéndose a servir con amor, calidad y eficacia a su familia, al prójimo
y a la sociedad aun en las pequeñas cosas.

El futuro u objetivo que ella persigue es la promesa de Dios de la vida eterna. Su
metodología es darle primacía a la gracia de Dios y su estrategia es la santidad de
vida, haciendo las cosas ordinarias de la vida cotidiana de manera extraordinaria,
dándole siempre prioridad al Plan de Dios. Como discípula, no teme negarse  a sí
misma, a tomar su cruz de cada día y a seguir a su Maestro aun en el camino del
dolor y el sufrimiento.

Alimenta este proceso en su contacto diario y profundo con la Palabra de Dios y la
Eucaristía y la oración. Vive la Liturgia con especial sensibilidad hacia el misterio de
Dios que se celebra, a los signos con los cuales se celebra, a la asamblea que
celebra así como a la realidad histórica donde se celebra. Pare ella la liturgia es el eje
de su vida cristiana; hace de ella la fuente de su espiritualidad y de su compromiso
transformador de su propia vida, de su familia, de la Iglesia y de la sociedad.

Prolonga la experiencia de encuentro con Dios en la liturgia a través de su oración.
Procura promover en su familia esta experiencia a través de la oración familiar. Hace
de este momento la mejor parte del día, en que la familia se pone a la escucha del
Señor que se hace presente donde dos o tres están reunidos en su Nombre.

Se renueva constantemente mediante la conversión que, con la ayuda de la gracia, la
mueve a cambiar de mentalidad, actitud y conducta, capacitándola para experimentar
la misericordia y el perdón de Dios y ser, a su vez, compasiva y poder perdonar a los
demás, sin rencor ni envidia. Cultiva una prudente discreción así como la caridad en
sus juicios hacia los demás, procurando promover en su ambiente el respeto a la
persona y la buena fama de todos.

Cree en el Evangelio del matrimonio, la familia y la vida. Hace de su familia o
ambiente un lugar atractivo y especial, lleno de detalles de su amor y ternura, en
donde su esposo, hijos, hermanos y amigos pueden aprender con alegría y
divertidamente, crecen sanamente y se fortalecen en cuerpo y alma, dialogan, se
perdonan, se ayudan mutuamente, convirtiéndose así el hogar en un centro de fe,
esperanza y amor, una verdadera iglesia doméstica en donde se celebra la liturgia
conyugal y familiar del amor que sirve, comprende, respeta, promueve, une, reconcilia,
etc. Con su amor sabe ser el sol que ilumina y da calor a su hogar, y este mismo
amor la hace vigilante para discernir los signos de los tiempos, lo bueno y lo malo
que afecta a su familia.

Reconoce, ama y valora la dignidad de su misterio femenino, igual a la dignidad del
misterio masculino, con bellas diferencias complementarias. Sabe que desde el
principio Dios crea al ser humano, varón y mujer, no para competir sino para
compartir los dones propios, ser corresponsables de la historia y del jardín del
mundo. Agradece a Dios que le haya confiado la vida, el ser la depositaria de las
fuentes de la vida, el sentido de la cuna y la que está presente en el misterio de la vida
que comienza.

Es una mujer que vive los frutos del Espíritu Santo, transparentando alegría y bondad.
Considera la obediencia en la fe y el servicio como algo que la dignifica. Así, ayuda a
crecer a los demás en una forma que nunca habían imaginado, como Jesús a sus
Apóstoles y a las mujeres que lo ayudaban, como Santa María de Guadalupe a Juan
Diego, hasta la misma santidad que es la realización de la vocación y capacidad
fundamental de amar a Dios, a sí misma y al prójimo.

Fortalecida por el Espíritu Santo,  vence sus miedos más profundos y ayuda a los
demás, en espíritu de comprensión, compasión y diálogo, a sobreponerse a los
suyos, capacitándose para una constante admiración y sorpresa ante la acción de
Dios y su ternura.

Crea en la Asociación y en sus grupos un clima de experiencia de encuentro con
Dios, despertando confianza en su poder para cambiar la vida, porque la suya propia
ha cambiado. Asume con alegría y esperanza el compromiso solidario y generoso de
ofrecer a todos su alegría y certeza de que, con la ayuda del Señor, pueden
sobreponerse a las limitaciones y fracasos humanos, ser felices y más plenos
abandonándose con arrepentimiento en el Señor, alentados por la esperanza en la
misericordia del Padre. Comparte en los grupos el aprendizaje del arte de cambiar,
con la ayuda de la gracia, la forma de pensar, la actitud, y la forma de actuar, para
renovar o reconstruir la propia vida, la familia y la sociedad.

        Experimenta su compromiso no como una carga pesada, sino como la
experiencia gozosa de descubrir a través de éste cómo Dios mismo ya la amaba
desde siempre y que Él mismo se había comprometido con ella antes y estaba
esperándola, como Jesús a María en la mañana de su Resurrección: ella iba con su
pena y dolor; Él la esperaba con su fascinante presencia llena de ternura y su triunfo
sobre el pecado, la muerte, el dolor y el sufrimiento, para hacerla mensajera de su
Victoria.

Cree firmemente que, con la ayuda de Dios, se puede hacer del mundo un lugar
mejor. Ella, junto con la Asociación se pregunta: ¿Cómo podemos hacer del mundo
un mejor lugar? ¿Cómo podemos alcanzar todos la meta de la vida plena en Dios?
Sabe que la respuesta está en la gracia de Dios y en el vivir y transmitir valores
evangélicos, sin excluir los valores sociales, políticos, culturales, económicos, etc.
Esta certeza es la razón misma por la que existe la Asociación.

Se preocupa por compartir su visión con lealtad y entusiasmo a su familia, a sus
amigas y a la sociedad, y se convierte en un granito evangélico de mostaza que crece
en gracia y sabiduría, viniendo a ser abrigo y fortaleza para los suyos y su prójimo; en
luz y sal de la tierra, en levadura que fermenta la masa.

Sus firmes propósitos, valores y visión la ayudan a contemplar y vivir el misterio de
Dios. Sus actitudes, decisiones y relaciones lo revelan y manifiestan en la vida
cotidiana, que es en donde se construye la nueva civilización del amor y la nueva
cultura de la vida, anunciándola, celebrándola y sirviéndola. Esto la transforma y la
hace diferente: renovada, sana y fuerte, con formas creativas, atractivas y eficaces. Se
convierte así en instrumento de la gracia para anunciar la Buena Nueva del Amor de
Dios.
Vision